La lectura del artículo de Rosa María Palacios, “No es fácil decidir y nadie tiene que estar sola al hacerlo” me provoca la siguiente respuesta.

El Perú es un país autoritario con sus variantes, el autoritarismo duro o el autoritarismo compasivo. Al autoritarismo no le interesa que las personas decidan sino que acaten. Es la única forma en que minorías manden sobre mayorías numéricas, y en este país se ha hecho así, de ahí que siempre hayan sido tan importantes los cuerpos de orden, las fuerzas armadas o la iglesia católica. Cada una de ellas para convencernos a las buenas o a las malas, con la amenaza de cárcel o con la culpa y la compasión. El tema del aborto se ha convertido mundialmente en cuestión que separa la democracia liberal y el autoritarismo conservador. Es lo que ha separado en EE.UU. a Clinton y Obama, de los Bush. Los primeros defienden el aborto en las causales de violación e incesto, mientras los segundos no lo admiten bajo ninguna circunstancia apelando a sus valores absolutos sobre la vida. Los primeros lo garantizan con las reservas federales, porque creen que de otra forma se dañarían los derechos de mujeres con un embarazo forzoso, los segundos siempre se han negado siempre al uso de los dineros públicos.

¿Por qué esa diferencia entre demócratas y republicanos conservadores en EE.UU.? Los demócratas creen que el acto de procreación tiene que ser voluntario y si se diera la posibilidad de que esto no fuese así, el Estado debe garantizar a sus ciudadanas una salida. Ya depende de ellas si la quieren usar o no.

Los republicanos conservadores, en cambio, no quieren dar chance alguna. La vida es la vida, y luego no interesa lo que ocurra. Tan es así, que no son partidarios tampoco del uso de células madre provenientes de óvulos fecundados que ya no son usados en procesos de fertilización artificial. Millones de embriones mueren, pero no porque los mate nadie, sino por muerte natural. Sin embargo, las células madre podrían salvar vidas humanas. Pero la vida es la vida y se pueden admitir contradicciones.

Es curioso que Rosa María Palacios hable de “dos posiciones distintas” recordando sus discrepancias con nuestro profesor de Teología en la facultad de Derecho de la PUCP. Con el padre Interdonato no era posible un debate, porque suya era la verdad y nada se puede contra los poseedores de la verdad.

Lo que Rosa María no parece darse cuenta es que aunque defienda la vida, consecuentemente, dice, oponiéndose a la pena de muerte, esta posición no es distinta a la del padre Interdonato; no solo por el valor absoluto que da a la vida, sino porque así como no se puede imponer la muerte, tampoco se puede imponer la vida. En ambos casos, se trata de la misma posición autoritaria.

¿La vida para la muerte? Pues sí, desde el momento en que esta sea impuesta, estaremos convirtiendo a un sujeto en objeto; y a un humano, en cuerpo animal para la reproducción. Contamos con tristes ejemplos históricos de cómo la violación sexual y sus embarazos forzosos han sido el complemento de la muerte en la guerra para extinguir a los pueblos. Se borra del mapa al enemigo embarazando a sus mujeres. Estrategia perversa para invadir cuerpos y hacer naciones. Y cuando el Estado ampara paternidades o maternidades al margen de sus propias instituciones familiares, ¿no está haciendo lo mismo? Si el Estado es congruente y defiende a la familia, ¿cómo admite construir un vínculo familiar (al menos el de madre-hijo) sobre estas bases falsas?

Rosa María dice: “la sociedad peruana, felizmente, tiene compasión frente a la mujer que aborta. Siendo un delito abortar no hay una sola mujer presa por hacerlo.” La frase parece venida del conservadurismo compasivo que prefiere remediar las cosas en privado cual temas personales y no con políticas públicas. “…ellas necesitan la mano que acoge, el hombro donde llorar, …el tiempo para procesar una culpa”, sigue Rosa María. El autoritarismo esta vez no actúa con palo a lo militar, sino mediante la culpa y la compasión, sentimientos ampliamente arraigados en esta sociedad gracias al catolicismo. Mientras que a las mujeres las compadecemos porque no saben lo que hacen, el lado duro del autoritarismo se ensaña más bien llevando al banquillo a los promotores de una campaña por el “déjala decidir y haz de ella una ciudadana con derecho a defender su reproducción”.

El último párrafo me resulta sobrecogedor. “La respuesta legislativa peruana está en el justo medio. Compasión. Esta mal abortar, pero puedes hacerlo sin temor a la cárcel. Y si lo haces, tienes los brazos de tus amigas para llorar. Pero del Estado, no sale un sol”. Histórica doble moral que sobrevive desde que la Inquisición perseguía a los indígenas por idolatrías y era más práctico esconder a los ídolos bajo la cama ya que nada se podía contra el poder español.

Es terrible que en el Perú se siga dando a gran escala esta realidad doble: la de los actos clandestinos, mercados informales, ciudadanos con solo parte de sus derechos, a fuerza de autoritarismos a la buena o a la mala, herederos consanguíneos de las élites que gobernaron la Colonia y que a duras penas tratan de controlar las urgentes necesidades de los peruanos generando así el desgobierno de este país. Demócratas, póngamonos de pie que aquí hacemos falta.


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