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Testimonio/Homenaje a Blanca Varela

Publicado: 2016-08-11

2009. Blanca Varela ha muerto. Si algún poeta peruano ha sido temible al enfrentar el tema de la condición humana, de ser-en-el-mundo, y por lo tanto, de su finitud, ha sido ella. Y aunque nos haya hablado de la muerte, de la materia y su final, aunque nos lo haya dicho y repetido innumerables veces en su poesía, llegado el momento es difícil aceptar que su lucidez, que su agudeza ha dejado a sus lectores sin nuevos versos, sin más verdades con las que solía estremecernos.  

Sin ser alguien cercano a ella, conociendo su reserva y retiro en los últimos años, al volver de Francia después de siete años el año 99, me acerqué a pedirle opinión sobre el capítulo en el que analizaba su poesía en mi tesis doctoral sobre la imagen del cuerpo en la poesía peruana contemporánea. La verdad es que poco se había hecho por reconocerla en el Perú hasta ese momento, poco desde la crítica y por hacer más visible su obra con nuevas ediciones. Esto lo había constatado ya en mi búsqueda bibliográfica; casi había sucedido lo mismo con Jorge Eduardo Eielson, su amigo y compañero generacional a quien el reconocimiento le llegaría por esos días también, poco antes que a ella. Antes de salir de París, Saúl Yurkiévich, mi asesor de tesis, me había comentado con entusiasmo de la edición crítica que él preparaba en España en esos momentos, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, lo que de alguna manera me tranquilizaba en pensar que se le había hecho justicia. A partir del año 2000, llegarían los premios: el premio Octavio Paz, el premio García Lorca y el Reina Sofía que lamentablemente ya no podría disfrutar en toda su plenitud.

blanca junto a sus hermanas  María Bromley Gonzales y Nelly Varela Gonzales, su madre la compositora serafina quinteras (esmeralda gonzales) y su hermano raúl varela. Foto de elsie villar.

Poco antes de estos, la embajada francesa en Lima le había otorgado una condecoración adelantándose paradójicamente a los homenajes de los hablantes del español. Al conocernos, sabiendo que venía de Francia, me lo comentó preguntándome al mismo tiempo: “¿me hará más fácil esto visitar Francia, digo por la cuestión de las visas?” pregunta tan simple y sorprendente para mí, que me hizo caer en cuenta que hasta las más brillantes personalidades de países como el nuestro -empequeñecidos en la esfera internacional- deben cargar sobre sí con la sospecha que se nos levanta en torno cada vez que debemos cruzar una frontera.

Conocí a Blanca en una tertulia cultural organizada por Demus, organización de defensa de las mujeres, evento que saludé dado que no es muy común -salvo fechas de celebración feministas- gozar de un espacio artístico cultural en el marco de estas asociaciones. Me parecía inusual y al mismo tiempo, emoción y privilegio encontrar a Blanca Varela, en medio de mujeres dedicadas a actividades tan diversas. Junto a ella estaban Giovanna Pollarolo y Carmen Ollé, y fue Carmen quien le habló a Blanca para contarle de mi estudio sobre su poesía y su relación con el cuerpo. Entonces me acerqué a Blanca y le expliqué la estructura de toda mi tesis, detallando sus capítulos. “Tengo una primera parte sobre Vallejo y otros autores, y una segunda sobre poesía, cuerpo y movimientos sociales, como la poesía de mujeres de los 80” afirmé. Ella me preguntó rápidamente, “¿y en qué parte me has puesto? ¿En la de Vallejo o en la de las mujeres?” De inmediato comprendí el sobresalto que su reacción traducía. Con la pregunta no negaba las razones feministas, y su presencia en esa reunión lo confirmaba, su preocupación iba en el sentido de que su poesía no quedara encerrada en una categoría que la crítica ha tergiversado para disminuir en lugar de enriquecer, para marginar en lugar de integrar. Enseguida le respondí que no estaba en mi capítulo de poesía sobre la reflexión del cuerpo femenino como punto de partida de la existencia de las mujeres pues allí me dedicaba al movimiento poético surgido en los años 80.

Días más tarde, luego de enviarle mi texto de casi cuarenta páginas, la llamé para preguntarle qué le había parecido. En él yo hacía algunas afirmaciones que podían parecerle duras. A diferencia de Vallejo, cuya esperanza en la solidaridad humana era de herencia cristiana, y que en su desesperación y soledad apelaba a un Dios, Varela asumía la existencia humana con toda su dureza sin acudir a ninguna salvación, como si la grandeza de cada individuo, solo en el mundo, radicara en su valentía para reconocer esa unicidad y sus limitaciones. La poesía de Blanca Varela no acudía a ningún dios y por el contrario, su desgarramiento casi rozaba con la blasfemia. ¿Cómo podía ser la poesía de una mujer más dura y menos consoladora que la de un hombre? ¿Cómo podía abandonar el lugar común, la sensiblería o pudor adjudicados a la mujer, y con un manejo austero de recursos, lejanos al experimento, elaborar versos tajantes y certeros sobre la condición humana? Allí estaba su poesía como contraejemplo a preconceptos esencialistas, escapando a encierros absurdos, osando ser publicada.

La última vez que vi a esta atrevida mujer, fue en el homenaje dado por el Congreso de la República. Yo no había podido llegar temprano al momento de la condecoración -como lo sugirió Rocío Silva Santisteban, una de las inquebrantables organizadoras- y temí que hubiera partido antes de poder verla. Hacía meses que su salud iba a menos y se iniciaba una lenta agonía. Crucé rápidamente la reja del Congreso y me disponía a entrar al edificio, cuando me topé a solas con ella frente a frente, mientras la bajaban en una silla cuidadosamente izada por las escalinatas de la plaza Bolívar. Su presencia sin embargo, era imponente y digna; Blanca miraba fijamente al horizonte sin ningún gesto. Fue una impresión que difícilmente olvidaré. Su palabra ya nos había dejado, su escritura de fuego quedaría entre nosotros.

varela condecorada por el congreso de la república del perú con la medalla de honor en el grado de gran oficial, en octubre de 2007

Esa noche a solas en casa, volví a leer, al final de “Ternera acosada tábanos” –un poema al que siempre regreso- estos versos estremecedores: “más rápida más lenta/ más antigua y oscura que la muerte/ a mi lado/ coronada de moscas/ pasó la vida”. Algo quedaba de un lado, algo de otro; a qué temer más, como ella decía, ¿a la muerte o a la vida?

Creo que es una pregunta que solo puede hacerse quien logre ser conciente de su propia libertad.

Imágenes:

Cabecera: Tomada de la cuenta de FB Archivo Blanca Varela.
1: Tomada de la cuenta de FB Archivo Blanca Varela
2: Servicio de noticias del Congreso de la República.


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